(Composicion OBB sobre escultura Aniversario de Botero)¿Qué es un cuerpo sano en el mundo instintivo? En su nivel más básico –el pecho, el vientre, cualquier lugar donde haya piel, cualquier lugar donde haya neuronas que transmiten las sensaciones-, la cuestión no es la forma, qué tamaño, qué color, qué edad, sino ¿siente algo, funciona tal como tiene que funcionar, podemos reaccionar, percibimos su alcance, su espectro sensorial? ¿Tiene miedo, está paralizado por el dolor o el temor, anestesiado por antiguos traumas? ¿O acaso tiene su propia música, escucha como Baubo a través del vientre y está mirando con sus muchas maneras de ver?
Yo viví a los veintitantos años dos experiencias decisivas, unas experiencias contrarias a todo lo que hasta entonces me habían enseñado acerca del cuerpo. Durante una concentración femenina de una semana de duración vi. por la noche a la vera del fuego cerca de las calientes aguas termales una mujer desnuda de unos treinta y cinco años; sus pechos estaba flácidos de tanto dar a luz y su vientre estaba surcado de estrías causadas por los embarazos. Yo era muy joven y recuerdo que me compadecí de las agresiones sufridas en su hermosa y delicada piel. Alguien estaba tocando unas maracas y unos tambores y ella se puso a bailar mientras su cabello, sus pechos, su piel y sus miembros se movían en distintas direcciones. ¡Que hermosa me pareció, qué llena de vida!. Su gracia era conmovedora. Siempre me había fascinado la expresión “fuego en las ingles”, pero aquella noche lo vi. Ví el poder de sus caderas. Vi lo que me habían enseñado a ignorar, el poder del cuerpo de una mujer cuando esta animado por dentro.
Casi tres décadas después, aun me parece verla bailar en la noche y aun me impresiona el poder de su cuerpo.
Mi segundo despertar tuvo por protagonista a una mujer mucho mayor. En un baile tribal. Sus anchas caderas tenían forma de pera, sus pechos eran muy pequeños en comparación con ellas, tenía los muslos surcados por unas finas venitas moradas y una larga cicatriz de una grave intervención quirúrgica le rodeaba a el cuerpo desde la caja torácica hasta la columna vertebral, cual si fuera una mondadura circular como las que se hacen al pelar una manzana. El contorno de su cintura debía de medir más de un metro.
En aquel momento me pareció un misterio que los hombres zumbaran a su alrededor como si fuera un panal de miel. Querían dar un bocado a sus muslos voluminosos, querían lamer la cicatriz, sostener su pecho en sus manos, apoyar las mejillas sobre sus venas en forma de arañas. Su sonrisa era deslumbradora, sus andares eran preciosos y, cuando miraba, sus ojos captaban realmente lo que veían. Entonces vi, por segunda vez lo que me habían enseñado a ignorar, el poder que hay en el cuerpo.
El poder cultural del cuerpo es su belleza, pero el poder que hay en el cuerpo es algo extremadamente insólito, pues casi todas las personas lo han alejado de sí con las torturas a que someten la carne por la moda o con la vergüenza que esta les produce.
Bajo esta luz la mujer salvaje puede indagar en la luminosidad de su propia cuerpo, comprenderlo y verlo no como un peso que estamos obligadas a soportar durante toda la vida, no como una bestia de carga, mimada o no, que nos lleva por la vida sino como una serie de puertas, sueños y poemas a través de los cuales podemos aprender y conocer toda suerte de cosas. En la psique salvaje, el cuerpo se considera un ser de pleno derecho, un ser que nos ama y que depende de nosotras y para el cual a veces somos una madres, mientras que otras veces él es una madre para nosotras.
El cuerpo es como la tierra. Es una tierra en si mismo. Y es tan vulnerable al exceso de edificaciones como cualquier paisaje, pues también esta dividido en parcelas, aislado, sembrado de minas y privado de su poder. No es fácil reconvertir a la mujer salvaje mediante planes de remodelación. Para ella lo más importante no es como formar sino como sentir.
El pecho en todas sus formas desarrolla la función de sentir y alimentar. ¿Alimenta? ¿Siente? Es un buen pecho.
Las caderas son anchas y con razón, pues llevan dentro una satinada cuna de marfil para la nueva vida. Las caderas de una mujer son batangas para el cuerpo superior y el inferior; son pórticos, son un mullido cojín, asideros del amor, un lugar detrás del cual se pueden esconder los niños. (Eyyy!, señoras, despierten, amen con y desde sus caderas, reconózcanlas… no permitan que las reduzcan a un catalogo de belleza… ¿Cuál?... ¿Quién dice?). Las piernas están destinadas a llevarnos y a veces a propulsarnos, son las poleas que nos ayudan a elevarnos, son un anillo para rodear al amante. No pueden ser demasiado esto o demasiado lo otro. Son lo que son.
En los cuerpos no hay ningún “tiene que ser”. Lo importante no es el tamaño, la forma o los años y ni siquiera el hecho de tener un par de cada cosa, pues algunos no lo tienen. Lo importante desde el punto de vista salvaje es si el cuerpo siente, si tiene una buena conexión con el placer, con el corazón, con el alma, con lo salvaje. ¿Es feliz y está alegre? ¿Puede moverse a su manera, bailar, menearse, oscilar, empujar?. Es lo único que importa.
(Señoras si aprendemos a vivir nuestro cuerpo de esta manera, si aprendemos a sentir el amor salvaje de nuestro cuerpo y su poder… créanme que gorda, flaca, joven, vieja, no importara… el se encargara de transmitir su poder sagrado y una belleza diferente, graciosa, perturbadora, diferente a la belleza tradicional y con un poder de atracción insólito y único).
La mujer de morado, protagonista de una obra de Ntozake Shange, habla tras haber tratado con todas sus fuerzas de asumir todos los aspectos psíquicos y físicos de su persona que la cultura ignora o desprecia. Y se resume a si misma en estas sabias y serenas palabras:
Esto es lo que tengo,
Poemas
Grandes muslos
Grandes tetas (*)
Y
Muchísimo amor.
* (me he permitido cambiar “pequeñas” del original, por una simple cuestión de identificación... je)
Este es el poder del cuerpo, nuestro poder, el poder de la mujer salvaje. Los grandes poderes ponen a prueba a los seres humanos para averiguar si ya han aprendido a reconocer la grandeza del alma en todas sus múltiples formas.
La Mujer Salvaje se presenta con muchos tamaños, colores, formas y condiciones. Debemos permanecer atentas para poder reconocer el alma salvaje en todos sus múltiples disfraces.
OBB'2008 - (Del Libro Mujeres que corren con los Lobos)
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