
Abrí tu carta… ¿Qué podías decirme?, me pregunte; ¿qué después de la ausencia, del largo silencio, de la enormidad de cosas diminutas y tontas, importantes, perecederas y perdurables que nos sucedieron en todo este tiempo?.
¿Cómo reanudar el diálogo? ¿Acaso con aquello de “decíamos ayer…”?
¿Qué libros leíste, que libros leí en estos días?
¿Qué música tarareaste?
¿en que momento me necesitaste, en que momentos te necesité?
¿Cuántas veces me odiaste, cuantas veces te odié?
Y yo… ¿Cuántas veces dije tu nombre fuerte, colgándolo del viento para que lo llevara hasta vos?
Cuantas veces me desperté transpirada y ahogada porque soñaba que corría detrás de ti, corría, corría, sin que te dieras vuelta, y cuando estaba por alcanzarte, cuando mis manos casi rozaban tu saco, te desvanecías en una niebla gris?
¿Cuántas veces intente ser feliz y echártelo en cara, para que sintieras: “es feliz, es feliz, me ha olvidado por completo”?
Y sufrieras.
Y espero tu carta con palabras desgarradas… Con ese desgarramiento que yo estaba buscando para sacudirte, para quebrar tu coraza, para que te subas a mi tren y sacarte de las estaciones de la memoria de otras, para encontrarme yo, única, en tu dolor como la pulpa blanda de una fruta.
No el héroe. No el que puede renunciar a todo. No el que está a la diestra de Mi Dios Padre todopoderoso para salvar a todos los hombres del mundo…, sino un hombre, un simple hombre que lucha para ganar lo que ama, que pelea como un coloso para no perder lo que ha encontrado. Y viene y dice aquí estoy, te quiero, vamos.
Y viene y dice que se vive una sola vez, no tenemos otra cuota, no podemos desperdiciarla en ausencias y silencios, en soles que se van desvaneciendo, en huesos que se van llenando de cansancio, en sangre que se va volviendo lenta, en orgullos que se esgrimen como estandartes y no son nada mas que trapos inservibles.
Aquí estoy, leyendo tu carta por décima vez. Tocando el papel que tocaste, besando estas pequeñas letras azules, buscándote en los renglones, tratando de recuperarte en estas mayúsculas que se enlazan en estas minúsculas que me transitan sobre la piel como si fueran las yemas de tus dedos.
Hombre.
Te quiero Hombre. Fuerte para quererme.
Débil para soportar la ausencia.
Hombre que no se deja crucificar y grita y viene y se agarra de mí y me arrastra detrás suyo, convencido que hay una sola manera de querer: Con Todo. Sin generosidad.
Con un egoísmo salvaje, si es necesario.
Porque el amor abraza, ¿sabes?, no despedaza ni reparte.
Esta es la respuesta a tu carta.
Es la respuesta de una mujer que quiere vivir, que quiere querer; y que quiere que vos quieras querer y quieras vivir.
De la única manera que se puede.
Porque lo otro es esperar la muerte, solamente.
¿Cómo reanudar el diálogo? ¿Acaso con aquello de “decíamos ayer…”?
¿Qué libros leíste, que libros leí en estos días?
¿Qué música tarareaste?
¿en que momento me necesitaste, en que momentos te necesité?
¿Cuántas veces me odiaste, cuantas veces te odié?
Y yo… ¿Cuántas veces dije tu nombre fuerte, colgándolo del viento para que lo llevara hasta vos?
Cuantas veces me desperté transpirada y ahogada porque soñaba que corría detrás de ti, corría, corría, sin que te dieras vuelta, y cuando estaba por alcanzarte, cuando mis manos casi rozaban tu saco, te desvanecías en una niebla gris?
¿Cuántas veces intente ser feliz y echártelo en cara, para que sintieras: “es feliz, es feliz, me ha olvidado por completo”?
Y sufrieras.
Y espero tu carta con palabras desgarradas… Con ese desgarramiento que yo estaba buscando para sacudirte, para quebrar tu coraza, para que te subas a mi tren y sacarte de las estaciones de la memoria de otras, para encontrarme yo, única, en tu dolor como la pulpa blanda de una fruta.
No el héroe. No el que puede renunciar a todo. No el que está a la diestra de Mi Dios Padre todopoderoso para salvar a todos los hombres del mundo…, sino un hombre, un simple hombre que lucha para ganar lo que ama, que pelea como un coloso para no perder lo que ha encontrado. Y viene y dice aquí estoy, te quiero, vamos.
Y viene y dice que se vive una sola vez, no tenemos otra cuota, no podemos desperdiciarla en ausencias y silencios, en soles que se van desvaneciendo, en huesos que se van llenando de cansancio, en sangre que se va volviendo lenta, en orgullos que se esgrimen como estandartes y no son nada mas que trapos inservibles.
Aquí estoy, leyendo tu carta por décima vez. Tocando el papel que tocaste, besando estas pequeñas letras azules, buscándote en los renglones, tratando de recuperarte en estas mayúsculas que se enlazan en estas minúsculas que me transitan sobre la piel como si fueran las yemas de tus dedos.
Hombre.
Te quiero Hombre. Fuerte para quererme.
Débil para soportar la ausencia.
Hombre que no se deja crucificar y grita y viene y se agarra de mí y me arrastra detrás suyo, convencido que hay una sola manera de querer: Con Todo. Sin generosidad.
Con un egoísmo salvaje, si es necesario.
Porque el amor abraza, ¿sabes?, no despedaza ni reparte.
Esta es la respuesta a tu carta.
Es la respuesta de una mujer que quiere vivir, que quiere querer; y que quiere que vos quieras querer y quieras vivir.
De la única manera que se puede.
Porque lo otro es esperar la muerte, solamente.
(estos cuentos son una adaptacion de los cuentos de Poldy Bird)
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