
Muchas veces me he preguntado el porque los hombres no tienen tan clara, como nosotras las mujeres, esta idea de que "vale la pena" luchar por el amor... de que independencia hablamos, de que libertad de eleccion hablamos, sino la de aprender del amor?... Y solos no es posible...
Richard Bach es el escritor que mas admiro, en cuanto a que -"literariamente, filosoficamente"- lo siento como una de las tantas "almas gemelas" que en el universo nos tocan de distintas maneras.
Voy a transcribirles aqui, uno de los pasajes mas hermosos de su libro "Un puente hacia el infinito", que es aleccionador... El momento de La decision,... ese instante en que decidimos si seguir adelante en una relacion que nos ha llenado de satisfaccion y maravilla... Ese instante en que decidimos si somos capaces de tender un puente hacia el infinito... si aprovecharemos todo ese potencial de aprendizaje, las sorprendentes similitudes de intereses, sin que importe cuántos años se tenga por delante o si dejaremos sucumbir una oportunidad tan promisoria, tan rara y bella, por miedo a crecer junto al otro, por aferrarnos a estructuras pre-establecidas, a costumbres que definitivamente nos devuelven a la soledad, a libertades que solo son excusas para no amar.
– ¿Hola?
Su voz sonaba sofocada, casi ahogada en guitarras y tambores.
–¿Leslie? Habla Richard. Ya sé que es tarde, pero ¿tienes tiempo para conversar?
No hubo respuesta. La música golpeó con fuerza, siguió pegando mientras yo esperaba el clic de su teléfono al cortar. Tanta lucha con las elecciones, pensé, y la elección ya había sido hecha; Leslie ya no tenía interés alguno en alguien como yo.
–Sí –dijo, por fin–. Déjame bajar el volumen. Estaba bailando.
–Hola. Recibí tu carta.
–Bien.
Me puse a caminar a derecha e izquierda, con el teléfono en la mano, sin saber que caminaba.
– ¿De veras quieres terminar con todo así?
–Con todo no –dijo–. Espero que sigamos trabajando juntos en el filme. Me gustaría considerarte amigo mío, sino te molesta. Con lo único que quiero terminar es con el sufrimiento.
–Nunca quise hacerte sufrir. No me es posible hacerte sufrir, pensé. Nadie puede hacerte sufrir a menos que tú misma te percibas sufriendo, previamente.
–Bueno, de todos modos, así fue –replicó ella–. Me parece que no sirvo para las relaciones abiertas. Al principio todo iba bien, pero después ¡éramos tan felices juntos! ¡Gozábamos de deleites tan cálidos, los dos! ¿Por qué vivir desgarrando eso por gente que no importaba o por principios abstractos? No daba resultado.
– ¿Por qué no daba resultado?
–Cierta vez tuve una gata –dijo.– Ámbar. Una gran persa de pelo largo. Ámbar y yo estábamos juntas cada minuto que yo pasaba en casa. Ella cenaba cuando cenaba yo; nos sentábamos juntas a escuchar música; por la noche dormía sobre mi hombro; cada una de nosotras sabía lo que la otra estaba pensando. Hasta que Ámbar tuvo gatitos. Lo más lindo que puedas imaginar. Ellos ocuparon su tiempo y su amor; también ocuparon mi tiempo y mi amor. Ámbar y yo ya no estábamos juntas y solas; Teníamos que atender a los gatitos, teníamos que desparramar nuestro amor. Después del nacimiento de los gatitos ya nunca volví a estar tan cerca de ella y ella no volvió a estar tan cerca de mí, hasta el día en que murió.
–¿La profundidad de la intimidad que sentimos hacia otro es inversamente proporcional al número de otros que haya en nuestras vidas? –pregunté. Y de inmediato, temeroso de que ella lo interpretara como una burla: –¿Crees que tú y yo hubiéramos debido mantener una relación exclusiva?
–Sí. Al principio, yo aceptaba a tus diversas amigas. Lo que hacías cuando te ibas era cosa tuya. Pero cuando apareció Débora, el principio Débora, como tú dirías, súbitamente me di cuenta de que estabas trasladando tu harén al oeste y que planeabas hacerme formar parte de el. No quiero eso, Richard. ¿Sabes qué he aprendido de ti? Aprendí qué es posible, y ahora debo defender lo que creí tener contigo. Quiero estar muy cerca de alguien a quien respete, admire y ame, alguien que sienta lo mismo con respecto a mí. Eso o nada. Me di cuenta de que lo que estoy buscando no es lo que estás buscando tú. Tú no quieres lo que yo quiero.
Dejé de pasearme y me senté en el brazo del sofá. La oscuridad entraba oblicuamente por las ventanas, a mí alrededor, — ¿Qué crees que quiero? —dije.
—Exactamente lo que tienes. Muchas mujeres que conozcas un poquito y no te importen demasiado. Coqueteo, superficiales, utilización mutua, ninguna posibilidad de enamorarse. Para mí, eso es el infierno. El infierno es un lugar, un tiempo, una conciencia, Richard, en donde no hay amor. ¡Horrible! No me incluyas en eso.
Hablaba como si ella tuviera una decisión tomada y yo también. Como si no hubiera esperanza de cambiar. No pedía nada; me estaba diciendo su más alta verdad, sabiendo que yo nunca estaría de acuerdo.
—Yo te tenía el mayor respeto, la mayor admiración —continuó—. Te consideraba la persona más maravillosa que hubiera conocido nunca. Ahora comienzo a ver en ti cosas que no quiero ver. Preferiría terminar esto creyéndote maravilloso.
—Lo que me daba miedo, Leslie, era que comenzábamos a ser cada uno propiedad del otro. Para mí, mi libertad es tan importante como...
—¿Tu libertad de hacer qué? —contraatacó ella—. ¿Tu libertad de no intimar? ¿Tu libertad de no amar? ¿Tu libertad de buscar descanso del regocijo en la inquietud y el aburrimiento? Tienes razón: si hubiéramos seguido juntos, yo no habría querido que dispusieras de esas libertades.
¡Bien dicho!, pensé, como si sus palabras hubieran sido una jugada de ajedrez.
—Has demostrado bastante bien... —dije—. Comprendo lo que dices. Antes no lo comprendía. Gracias.
—De nada —dijo ella.
Cambié el auricular de mano. Algún día, algún mago diseñará un teléfono que siga siendo cómodo después de un minuto de sostenerlo.
—Creo que tenemos mucho que decirnos —proseguí—. ¿No hay modo de que nos reunamos a charlar por un rato?
Una pausa. Después:
—Preferiría que no. No me molesta hablar por teléfono, pero no quiero verte personalmente, por un tiempo. Espero que comprendas.
-Claro. No hay problema. ¿Ya tienes que cortar? —No, puedo seguir al teléfono.
—¿Ves algún modo de que tú y yo podamos seguir siendo íntimos? Nunca conocí a nadie como tú, y tu idea de la amistad parece reducirse a una carta cordial y un apretón de manos al terminar cada año fiscal.
Ella se echó a reír.
—Oh, no tanto. Un apretón de manos dos veces al año. Tres, ya que hemos sido tan buenos amigos. El hecho de que nuestra relación amorosa no haya durado, Richard, no significa que haya fracasado.
Aprendimos de ella lo que necesitábamos aprender, supongo.
—Tal vez, la libertad de que yo hablaba —dije—, o una gran parte de ella, es la libertad de cambiar, de ser diferente, la semana que viene, de lo que soy ahora. Y si dos personas cambian en direcciones diferentes...
—Si cambiamos en direcciones diferentes —dijo ella—no tenemos futuro, de todos modos, ¿verdad? Me parece posible que dos personas cambien juntas, crezcan juntas y se enriquezcan mutuamente, en vez de empobrecerse. ¡La suma de uno más uno, si son dos seres adecuados, puede ser el infinito! Pero con mucha frecuencia una persona arrastra a la otra hacia abajo; uno quiere subir como un globo y el otro es un peso muerto. Siempre me he preguntado qué pasaría si dos personas, hombre y mujer, quisieran ascender a un tiempo como globos.
—¿Conoces parejas así?
—pocas —dijo.
-¿Alguna?
—Dos. Tres.
—Yo no conozco ninguna —le dije—. Bueno... una. De toda la gente que conozco, sólo un matrimonio feliz. El resto es... o bien la mujer es júbilo y el hombre peso muerto, o a la inversa, o ambos son pesos muertos. Dos globos son muy raros.
—Yo pensaba que nosotros podíamos ser así —comentó.
—Habría sido lindo.
—Sí.
—¿Qué piensas que haría falta? —pregunté—. ¿Cómo podríamos volver a ser lo que éramos?
Percibí que deseaba decir: "Nada", pero no lo hacía porque hubiera sido demasiado fácil. Estaba pensando, así que no la apresuré.
—Tal como éramos, no creo que pudiéramos volver a ser. No quiero eso. Traté de cambiar cuanto pude; hasta intenté salir con otros hombres cuando te ibas, para ver si podía equilibrar tu Mujer Perfecta con mi Hombre Perfecto. No dio resultado. Tonto, tonto. Una estúpida pérdida de tiempo. Yo no soy una de tus muchachas divertidas, Richard —prosiguió, lentamente—. Ya he cambiado todo lo que estaba dispuesta a cambiar. Si quieres estar cerca de mí, ahora te toca el turno.
Me puse tieso.
—¿Qué tipo de cambio me presentarías a estudio?
Lo peor que ella podía sugerir era algo que yo no pudiera aceptar, y con eso las cosas no estarían peor de lo que estaban. Ella pensó por un rato.
—Sugeriría que estudiáramos la posibilidad de mantener relaciones amorosas exclusivas, sólo tú y yo. Una posibilidad de ver si somos o no dos globos.
—Yo no tendría libertad de... ¿Tendría que dejar súbitamente de ver a mis amigas?
—Sí, a todas las mujeres con quienes te acuestas. Otros amoríos no.
Ahora me tocaba a mí guardar silencio, y a ella dejar que el silencio se estirara en la línea. Me sentía como un conejo acorralado por los cazadores. Entre los hombres que yo conocía, los que habían aceptado esas condiciones acabaron por lamentarlo. Estaban llenos de agujeros de disparos; apenas habían logrado sobrevivir.
Sin embargo ¡qué diferente era yo con Leslie! Sólo con ella podía ser el tipo de persona que más me gustaba ser. Con ella no era tímido ni torpe. La admiraba, aprendía de ella. Si ella quería enseñarme a amar, al menos podía intentarlo.
—Somos muy diferentes, Leslie, tú y yo.
—Somos diferentes, somos lo mismo. Tú creías que jamás podrías cambiar una palabra con una mujer a la que no le gustaran los aviones. Yo no me imaginaba pasando un rato con un hombre al que no le gustara la música. ¿No será que ser parecidos no es tan importante como ser curiosos? Porque somos diferentes, podemos gozar la diversión de intercambiar mundos, regalarnos mutuamente nuestros amores y nuestros entusiasmos. Tú puedes aprender música. Yo puedo aprender a pilotear. Y ése es sólo el comienzo. Creo que seguiría por tanto tiempo como viviéramos.
—Vamos a pensarlo —dije—. Vamos a pensarlo. Ambos hemos pasado por matrimonios y casi-matrimonios; ambos tenemos cicatrices y prometimos que no volveríamos a equivocarnos. ¿No se te ocurre otro modo de estar juntos que intentar... que intentar el matrimonio?
—Hazme otras sugerencias —replicó.
—Yo era bastante feliz con las cosas como estaban, Leslie.
—Bastante feliz no es suficiente. Yo puedo ser más feliz que eso por mi propia cuenta, y sin necesidad de escucharte buscar excusas para huir, para alejarme, para levantar murallas contra mí. Si no soy tu única amante, no quiero ser tu amante en absoluto. Ya he probado tu relación a medias y no da resultado. Para mí, no...
—Es tan difícil... El matrimonio tiene tantas limitaciones...
—Yo detesto el matrimonio tanto como tú, Richard, cuando hace que la gente se vuelva tonta, cuando los convierte en mentirosos o los encierra en jaulas. Lo he evitado por más tiempo que tú; han pasado dieciséis años desde mi divorcio. Pero me diferencio de ti en un aspecto: yo creo que existe otro tipo de matrimonio, capaz de hacernos más libres que cualquier soledad. Las posibilidades de que lo comprendas son muy escasas, pero creo que tú y yo podríamos haber sido así. Hace una hora, habría dicho que no había ninguna posibilidad, porque no creía que fueras a llamar.
—Oh, vamos. Sabías que iba a llamar.
—No —dijo ella—. Pensaba que tirarías mi carta y huirías a alguna parte con tu avión.
"Adivina de pensamientos", pensé. Me puse otra vez en esa imagen: huir a Montana. Mucha acción, nuevos paisajes, mujeres nuevas. Pero era aburrido de sólo pensarlo. Ya he hecho eso, pensé, ya sé cómo es y está todo en la superficie. No me hace cambiar, ni avanzar, ni me importa. Si algo tiene significado, es la acción. Volar lejos... ¿y qué
—No iba a huir sin decirte una palabra. No podía irme sabiendo que estabas enojada conmigo.
—No estoy enojada contigo.
—Hum —dije—. Lo bastante como para poner fin a la amistad más hermosa que he tenido.
—Escucha, Richard, de veras: no estoy enojada contigo. La otra noche estaba furiosa y asqueada. Después me puse triste y lloré. Pero al rato dejé de llorar y pensé mucho en ti. Finalmente comprendí que eres lo mejor que sabes ser. Que debes conformarte con eso mientras no cambies, y nadie va a hacerte cambiar, salvo tú mismo.
¿Cómo voy a enojarme contigo por hacer lo mejor que puedes?
Sentí una oleada de calor en la cara. ¡Qué pensamiento difícil y amante! ¡Que ella comprendiera, en semejante momento, que yo estaba haciendo lo mejor posible! ¿Qué otra persona en el mundo habría comprendido eso? El arrebato de respeto hacia ella activó la sospecha contra mí mismo.
—Bueno, ¿y si no estoy haciendo lo mejor que puedo?
—Entonces me enojo contigo.
Lo dijo casi riendo, y yo me aflojé un poco en el sofá. Si podía reír, no estábamos en el fin del mundo... todavía.
—¿Podríamos redactar un contrato, llegar a un acuerdo muy claro y estudiado de los cambios exactos que deseamos?
—No sé, Richard. Se diría que esto es un juego para ti, pero es demasiado importante para tomarlo de ese modo. Los juegos, y tu letanía de frases viejas, tus viejas defensas. Ya no las quiero. Si necesitas defenderte de mí, si tengo que vivir probándote una y otra vez que soy tu amiga, que te amo, que no voy a herirte ni a aniquilarte ni a matarte de aburrimiento, eso ya es demasiado. Creo que me conoces bastante bien y sabes lo que sientes por mí. Si tienes miedo, tienes miedo. Te he dejado en libertad y eso me hace sentir bien. ¡De veras! Dejémoslo así. Somos amigos, ¿de acuerdo?
Pensé en lo que ella decía. Yo estaba muy acostumbrado a tener razón, a imponer mi punto de vista en todos los debates. Pero en este caso, aunque tratara de hallar hebras rotas en su razonamiento, no podía. Sus argumentos se derrumbaban sólo si ella me estaba mintiendo, sólo si pretendía lastimarme, engañarme, aniquilarme. Y eso me era imposible de creer. Lo que ella pudiera hacerle a otros, comprendí, podía hacérmelo a mí en cualquier momento. Y nunca la había visto engañar ni desearle mal a nadie, ni siquiera a gente que había sido cruel con ella. Los había perdonado a todos, sin rencores.
Si yo me hubiera permitido el uso de esa palabra, en ese momento, le habría dicho que estaba enamorado de ella.
—Tú también estás haciendo lo posible, ¿verdad? —pregunté.
—Sí, en efecto.
— ¿No te parece extraño que seamos la excepción, tú y yo, cuando casi nadie puede lograr que la intimidad funcione? ¿Sin gritos y portazos, pérdidas de respeto, aburrimiento, sin dar al otro por asegurado?
— ¿No crees que eres una persona excepcional? —insinuó—. ¿No crees que yo también lo soy?
—Nunca conocí a nadie como nosotros —reconocí.
—Si me enojo contigo, no creo que tenga nada de malo gritar y dar portazos. Ni siquiera arrojar cosas, si llegamos a eso. Pero eso no significa que no te ame. Y eso no tiene ningún sentido para ti, ¿verdad?
—Ninguno. No existe problema que no podamos resolver con una discusión tranquila y razonable. Cuando estamos en desacuerdo, ¿qué tiene de malo decir: "Leslie, estoy en desacuerdo, he aquí mis motivos"? Entonces tú dices: "En efecto, Richard; tus motivos me han convencido de que tu sistema es mejor." Y allí acaba todo. Nada de vajillas rotas a recoger ni de puertas a reparar.
—Ojalá —dijo ella—. Los gritos vienen cuando me asusto, cuando creo que no me estás oyendo. Tal vez oyes mis palabras, pero no comprendes; entonces tengo miedo de que hagas algo que nos lastime a los dos, y pienso que lo vamos a lamentar, y veo el modo de evitarlo y, si no me estás escuchando, tengo que gritarlo para que me oigas.
—Me estás diciendo que, si te escucho, no tendrás que gritar.
—Si Probablemente no tenga que gritar —dijo ella—. Aunque lo haga, se me pasará en pocos minutos. Lo saco de mi organismo y me tranquilizo.
—Mientras tanto yo soy una pelota estremecida trepada a las cortinas.
—Si no quieres enojos, Richard, ¡no me hagas enojar!
Al crecer he llegado a ser una persona bastante serena y bien adaptada. No estoy preparada para estallar ante cualquier nimiedad. ¡Pero tú eres una de las personas más egoísta que yo haya conocido! Necesito mis enojos para evitar que me pases por encima, para que ambos sepamos cuándo basta ya.
—Te dije que era egoísta, hace mucho tiempo —observé—. Te prometí que siempre actuaría según mi mejor interés, y que esperaba lo mismo de ti...
— ¡No me vengas con tus definiciones, por favor! —dijo ella—. Si quieres llegar a ser feliz, lo conseguirás dejando de pensar en ti mismo, siempre que puedas. Mientras no hagas en tu vida sitio para alguien que te sea tan importante como tú mismo, vivirás solitario, perdido y buscando..
Conversamos por horas enteras, como si nuestro amor fuera un fugitivo aterrorizado, inclinado desde una cornisa de un décimo piso, listo para saltar en el momento en que abandonáramos el intento de salvarlo.
Sigue hablando, pensé. Si seguimos hablando, él no saltará de la cornisa, gritando, hacia la acera. Pero ninguno de los dos deseaba que el fugitivo viviera, a menos que resultara sano y fuerte. Cada comentario, cada idea compartida era como un viento contra la cornisa; a veces, nuestro futuro común se tambaleaba por sobre las calles. Otras veces, estremecido, se apretaba contra la pared.
¡Cuánto moriría con él, si caía! Las cálidas horas desprendidas del tiempo, en que tan importantes éramos el uno para la otra, cuando yo quedaba sin aliento por el placer de esa mujer. Todo eso habría terminado en la nada, en menos que nada, en una pérdida tremenda.
El secreto de hallar a alguien a quien podamos amar, me había dicho ,ella cierta vez, es hallar primero a alguien que nos guste. Habíamos sido los mejores amigos antes de ser amantes. Ella me gustaba; yo la admiraba, confiaba en ella, ¡confiaba en ella! Ahora todas esas cosas buenas se tambaleaban en precario equilibrio.
Si nuestro fugitivo resbalaba… No volvería a ver flores sin pensar en ella. No volvería a tener a nadie tan cercano a mí. Construiría más murallas, con picos arriba, y luego construiría más murallas detrás de ésas, con más picos...
¡No necesitas esas murallas, Richard! —gritó ella—. Si no volvemos a vernos, ¿no te das cuenta de que las murallas no te protegen? ¡Te aíslan!
Está tratando de ayudar, pensé. En los últimos minutos, mientras nos estamos separando, esta mujer quiere que aprenda. ¿Cómo podemos separarnos?
—Y Cerdito.. —dijo—. Cerdito no tiene... no tiene por qué morir... Todos los once de julio, prometo... que haré helado de... helado de chocolate con crema caliente... crema de chocolate y... me acordaré... de mi queridísimo Cerdi...
Se le quebró la voz. La oí apretar el teléfono contra un almohadón. Oh, Leslie, no, pensé, escuchando el sofocado silencio de las plumas. ¿Tiene que desaparecer, nuestra encantada ciudad de dos, un espejismo que aparece una vez en toda una vida, sólo para desaparecer en humo y niebla, en el mundo de todos los días? ¿Quién nos está matando?
Si algún extraño se metiera entre nosotros, tratando de separarnos, nos convertiríamos en zarpas para enviarlo al infierno, desgarrado. Y ahora hacemos el trabajo desde adentro. ¡El extraño soy yo!
¿Y si somos almas gemelas?, pensé, mientras ella sollozaba. ¿Y si cada uno de nosotros es quien el otro ha estado buscando toda su vida? Hemos tocado y hemos compartido esta breve muestra de lo que puede ser el amor en la tierra. Y ahora, por culpa de mis miedos, nos vamos a separar para no volvernos a ver. ¿Voy a pasarme el resto de la vida buscando a la que ya había encontrado y tuve miedo de amar?
¡Qué coincidencias imposibles!, pensé, las que nos llevaron a encontrarnos cuando ninguno de los dos estaba casado o comprometido, cuando ninguno de los dos estaba dedicando sus desvelos a otras causas, cuando ninguno de los dos estaba demasiado dedicado a actuar, escribir, viajar, vivir aventuras o ciegamente enredado. Nos encontramos en el mismo planeta, en la misma época, a la misma edad, criados en la misma cultura. Años antes no hubiera ocurrido nada; en realidad, nos conocimos años antes, pero cada uno salió del ascensor por su lado: el momento no era adecuado. Y nunca volverá a serlo.
Me paseé silenciosamente en un semicírculo, con el cable del teléfono como traílla. Si dentro de diez o veinte años decidía que había hecho mal en separarme de ella, ¿dónde estaría ella por entonces? ¿Y si volvía diez años después a decir: "Disculpa, Leslie", y descubría que era la señora Leslie Parrish de Fulano? ¿Y si no la encontraba? Su casa vacía, se ha mudado, no dejó dirección. ¿Y si había muerto, a consecuencia de algo que jamás la hubiera matado de no haber despegado yo al día siguiente?
—Perdón —dijo, otra vez al teléfono, las lágrimas enjugadas—. Soy una gansa. Ojalá tuviera tu dominio. Tú manejas los adioses muy bien, como si no tuvieran importancia.
—Todo consiste en decidir quién manda —expliqué, feliz por la posibilidad de cambiar de tema—. Si dejamos que nuestras emociones manden, los momentos cómo éste no son muy divertidos.
—No —reconoció ella, sorbiendo por la nariz—. No son muy divertidos.
—Si lo pre-vives, si finges que ya estamos en mañana o en el mes que viene, ¿cómo te sientes? —sugerí—. Cuando lo intento no me siento mejor sin ti. Imagino cómo es estar solo, sin nadie con quien hablar nueve horas por teléfono, sin pagar cien dólares por una llamada local. ¡Te voy a extrañar mucho!
—Yo también —dijo ella—. Richard, ¿cómo se hace para que alguien mire a la vuelta de una esquina cuando todavía no ha llegado a ella? La única vida que vale la pena vivir es la mágica, ¡y esto es magia! Daría cualquier cosa por hacerte ver lo que nos espera... —Hizo una pausa, buscando qué más decir. —Pero si para ti no está a la vista, supongo que no existe, ¿verdad? Aunque yo lo esté viendo, en realidad no existe.
Parecía cansada, resignada. Estaba por cortar.
Si fue porque yo estaba cansado o asustado o ambas cosas a un tiempo, jamás lo sabré. No hubo aviso previo: algo se rompió, algo se desprendió en mi cabeza, y no era agradable.
¡RICHARD!, gritó, ¿QUÉ ESTAS HACIENDO? ¿TE VOLVISTE LOCO? ¿HAS PERDIDO LA CABEZA? ¡Lo que se está tambaleando en la cornisa no es ninguna metáfora! ¡Eres tú ! Es tu futuro, y si cae serás un ZOMBIE, estarás viviendo muerto, marcando tarjeta hasta que te mates del todo. Hace nueve horas que juegas con ella por teléfono. ¿PARA QUE CREES QUE ESTAS EN ESTE PLANETA, PARA PILOTEAR AVIONES? ¡Pedazo de mal nacido arrogante, estás aquí para aprender qué es el amor! Ella es tu maestra, y dentro de veinticinco segundos va a cortar y no volverás a verla. ¡No te quedes ahí, idiota hijo de mala madre! ¡Tienes diez segundos antes de que se vaya! ¡Dos segundos! ¡HABLA!
—Leslie —dije—, tienes razón. El equivocado soy yo. Quiero cambiar. Lo probamos a mi modo y no funcionó. Probemos ahora a tu modo. Nada de Mujeres Perfectas, nada de murallas contra ti. Sólo tú y yo. Veamos qué pasa.
Hubo silencio en la línea.
—¿Estás seguro? —dijo—. ¿Estás seguro o lo dices por decir? Si lo dices por decir, todo será peor. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé. Estoy seguro. ¿Podemos conversarlo?
Otro silencio.
—Por supuesto, wookie. ¿Por qué no cortas y vienes a desayunar aquí?
—Bueno, dulce —dije—. Adiós.
Después de que ella cortó, dije al teléfono vacío: —Te amo, Leslie Parrish.
En la absoluta intimidad, sin que nadie escuchara, las palabras que tanto despreciara, las que nunca había usado, eran ciertas como la luz.
Su voz sonaba sofocada, casi ahogada en guitarras y tambores.
–¿Leslie? Habla Richard. Ya sé que es tarde, pero ¿tienes tiempo para conversar?
No hubo respuesta. La música golpeó con fuerza, siguió pegando mientras yo esperaba el clic de su teléfono al cortar. Tanta lucha con las elecciones, pensé, y la elección ya había sido hecha; Leslie ya no tenía interés alguno en alguien como yo.
–Sí –dijo, por fin–. Déjame bajar el volumen. Estaba bailando.
–Hola. Recibí tu carta.
–Bien.
Me puse a caminar a derecha e izquierda, con el teléfono en la mano, sin saber que caminaba.
– ¿De veras quieres terminar con todo así?
–Con todo no –dijo–. Espero que sigamos trabajando juntos en el filme. Me gustaría considerarte amigo mío, sino te molesta. Con lo único que quiero terminar es con el sufrimiento.
–Nunca quise hacerte sufrir. No me es posible hacerte sufrir, pensé. Nadie puede hacerte sufrir a menos que tú misma te percibas sufriendo, previamente.
–Bueno, de todos modos, así fue –replicó ella–. Me parece que no sirvo para las relaciones abiertas. Al principio todo iba bien, pero después ¡éramos tan felices juntos! ¡Gozábamos de deleites tan cálidos, los dos! ¿Por qué vivir desgarrando eso por gente que no importaba o por principios abstractos? No daba resultado.
– ¿Por qué no daba resultado?
–Cierta vez tuve una gata –dijo.– Ámbar. Una gran persa de pelo largo. Ámbar y yo estábamos juntas cada minuto que yo pasaba en casa. Ella cenaba cuando cenaba yo; nos sentábamos juntas a escuchar música; por la noche dormía sobre mi hombro; cada una de nosotras sabía lo que la otra estaba pensando. Hasta que Ámbar tuvo gatitos. Lo más lindo que puedas imaginar. Ellos ocuparon su tiempo y su amor; también ocuparon mi tiempo y mi amor. Ámbar y yo ya no estábamos juntas y solas; Teníamos que atender a los gatitos, teníamos que desparramar nuestro amor. Después del nacimiento de los gatitos ya nunca volví a estar tan cerca de ella y ella no volvió a estar tan cerca de mí, hasta el día en que murió.
–¿La profundidad de la intimidad que sentimos hacia otro es inversamente proporcional al número de otros que haya en nuestras vidas? –pregunté. Y de inmediato, temeroso de que ella lo interpretara como una burla: –¿Crees que tú y yo hubiéramos debido mantener una relación exclusiva?
–Sí. Al principio, yo aceptaba a tus diversas amigas. Lo que hacías cuando te ibas era cosa tuya. Pero cuando apareció Débora, el principio Débora, como tú dirías, súbitamente me di cuenta de que estabas trasladando tu harén al oeste y que planeabas hacerme formar parte de el. No quiero eso, Richard. ¿Sabes qué he aprendido de ti? Aprendí qué es posible, y ahora debo defender lo que creí tener contigo. Quiero estar muy cerca de alguien a quien respete, admire y ame, alguien que sienta lo mismo con respecto a mí. Eso o nada. Me di cuenta de que lo que estoy buscando no es lo que estás buscando tú. Tú no quieres lo que yo quiero.
Dejé de pasearme y me senté en el brazo del sofá. La oscuridad entraba oblicuamente por las ventanas, a mí alrededor, — ¿Qué crees que quiero? —dije.
—Exactamente lo que tienes. Muchas mujeres que conozcas un poquito y no te importen demasiado. Coqueteo, superficiales, utilización mutua, ninguna posibilidad de enamorarse. Para mí, eso es el infierno. El infierno es un lugar, un tiempo, una conciencia, Richard, en donde no hay amor. ¡Horrible! No me incluyas en eso.
Hablaba como si ella tuviera una decisión tomada y yo también. Como si no hubiera esperanza de cambiar. No pedía nada; me estaba diciendo su más alta verdad, sabiendo que yo nunca estaría de acuerdo.
—Yo te tenía el mayor respeto, la mayor admiración —continuó—. Te consideraba la persona más maravillosa que hubiera conocido nunca. Ahora comienzo a ver en ti cosas que no quiero ver. Preferiría terminar esto creyéndote maravilloso.
—Lo que me daba miedo, Leslie, era que comenzábamos a ser cada uno propiedad del otro. Para mí, mi libertad es tan importante como...
—¿Tu libertad de hacer qué? —contraatacó ella—. ¿Tu libertad de no intimar? ¿Tu libertad de no amar? ¿Tu libertad de buscar descanso del regocijo en la inquietud y el aburrimiento? Tienes razón: si hubiéramos seguido juntos, yo no habría querido que dispusieras de esas libertades.
¡Bien dicho!, pensé, como si sus palabras hubieran sido una jugada de ajedrez.
—Has demostrado bastante bien... —dije—. Comprendo lo que dices. Antes no lo comprendía. Gracias.
—De nada —dijo ella.
Cambié el auricular de mano. Algún día, algún mago diseñará un teléfono que siga siendo cómodo después de un minuto de sostenerlo.
—Creo que tenemos mucho que decirnos —proseguí—. ¿No hay modo de que nos reunamos a charlar por un rato?
Una pausa. Después:
—Preferiría que no. No me molesta hablar por teléfono, pero no quiero verte personalmente, por un tiempo. Espero que comprendas.
-Claro. No hay problema. ¿Ya tienes que cortar? —No, puedo seguir al teléfono.
—¿Ves algún modo de que tú y yo podamos seguir siendo íntimos? Nunca conocí a nadie como tú, y tu idea de la amistad parece reducirse a una carta cordial y un apretón de manos al terminar cada año fiscal.
Ella se echó a reír.
—Oh, no tanto. Un apretón de manos dos veces al año. Tres, ya que hemos sido tan buenos amigos. El hecho de que nuestra relación amorosa no haya durado, Richard, no significa que haya fracasado.
Aprendimos de ella lo que necesitábamos aprender, supongo.
—Tal vez, la libertad de que yo hablaba —dije—, o una gran parte de ella, es la libertad de cambiar, de ser diferente, la semana que viene, de lo que soy ahora. Y si dos personas cambian en direcciones diferentes...
—Si cambiamos en direcciones diferentes —dijo ella—no tenemos futuro, de todos modos, ¿verdad? Me parece posible que dos personas cambien juntas, crezcan juntas y se enriquezcan mutuamente, en vez de empobrecerse. ¡La suma de uno más uno, si son dos seres adecuados, puede ser el infinito! Pero con mucha frecuencia una persona arrastra a la otra hacia abajo; uno quiere subir como un globo y el otro es un peso muerto. Siempre me he preguntado qué pasaría si dos personas, hombre y mujer, quisieran ascender a un tiempo como globos.
—¿Conoces parejas así?
—pocas —dijo.
-¿Alguna?
—Dos. Tres.
—Yo no conozco ninguna —le dije—. Bueno... una. De toda la gente que conozco, sólo un matrimonio feliz. El resto es... o bien la mujer es júbilo y el hombre peso muerto, o a la inversa, o ambos son pesos muertos. Dos globos son muy raros.
—Yo pensaba que nosotros podíamos ser así —comentó.
—Habría sido lindo.
—Sí.
—¿Qué piensas que haría falta? —pregunté—. ¿Cómo podríamos volver a ser lo que éramos?
Percibí que deseaba decir: "Nada", pero no lo hacía porque hubiera sido demasiado fácil. Estaba pensando, así que no la apresuré.
—Tal como éramos, no creo que pudiéramos volver a ser. No quiero eso. Traté de cambiar cuanto pude; hasta intenté salir con otros hombres cuando te ibas, para ver si podía equilibrar tu Mujer Perfecta con mi Hombre Perfecto. No dio resultado. Tonto, tonto. Una estúpida pérdida de tiempo. Yo no soy una de tus muchachas divertidas, Richard —prosiguió, lentamente—. Ya he cambiado todo lo que estaba dispuesta a cambiar. Si quieres estar cerca de mí, ahora te toca el turno.
Me puse tieso.
—¿Qué tipo de cambio me presentarías a estudio?
Lo peor que ella podía sugerir era algo que yo no pudiera aceptar, y con eso las cosas no estarían peor de lo que estaban. Ella pensó por un rato.
—Sugeriría que estudiáramos la posibilidad de mantener relaciones amorosas exclusivas, sólo tú y yo. Una posibilidad de ver si somos o no dos globos.
—Yo no tendría libertad de... ¿Tendría que dejar súbitamente de ver a mis amigas?
—Sí, a todas las mujeres con quienes te acuestas. Otros amoríos no.
Ahora me tocaba a mí guardar silencio, y a ella dejar que el silencio se estirara en la línea. Me sentía como un conejo acorralado por los cazadores. Entre los hombres que yo conocía, los que habían aceptado esas condiciones acabaron por lamentarlo. Estaban llenos de agujeros de disparos; apenas habían logrado sobrevivir.
Sin embargo ¡qué diferente era yo con Leslie! Sólo con ella podía ser el tipo de persona que más me gustaba ser. Con ella no era tímido ni torpe. La admiraba, aprendía de ella. Si ella quería enseñarme a amar, al menos podía intentarlo.
—Somos muy diferentes, Leslie, tú y yo.
—Somos diferentes, somos lo mismo. Tú creías que jamás podrías cambiar una palabra con una mujer a la que no le gustaran los aviones. Yo no me imaginaba pasando un rato con un hombre al que no le gustara la música. ¿No será que ser parecidos no es tan importante como ser curiosos? Porque somos diferentes, podemos gozar la diversión de intercambiar mundos, regalarnos mutuamente nuestros amores y nuestros entusiasmos. Tú puedes aprender música. Yo puedo aprender a pilotear. Y ése es sólo el comienzo. Creo que seguiría por tanto tiempo como viviéramos.
—Vamos a pensarlo —dije—. Vamos a pensarlo. Ambos hemos pasado por matrimonios y casi-matrimonios; ambos tenemos cicatrices y prometimos que no volveríamos a equivocarnos. ¿No se te ocurre otro modo de estar juntos que intentar... que intentar el matrimonio?
—Hazme otras sugerencias —replicó.
—Yo era bastante feliz con las cosas como estaban, Leslie.
—Bastante feliz no es suficiente. Yo puedo ser más feliz que eso por mi propia cuenta, y sin necesidad de escucharte buscar excusas para huir, para alejarme, para levantar murallas contra mí. Si no soy tu única amante, no quiero ser tu amante en absoluto. Ya he probado tu relación a medias y no da resultado. Para mí, no...
—Es tan difícil... El matrimonio tiene tantas limitaciones...
—Yo detesto el matrimonio tanto como tú, Richard, cuando hace que la gente se vuelva tonta, cuando los convierte en mentirosos o los encierra en jaulas. Lo he evitado por más tiempo que tú; han pasado dieciséis años desde mi divorcio. Pero me diferencio de ti en un aspecto: yo creo que existe otro tipo de matrimonio, capaz de hacernos más libres que cualquier soledad. Las posibilidades de que lo comprendas son muy escasas, pero creo que tú y yo podríamos haber sido así. Hace una hora, habría dicho que no había ninguna posibilidad, porque no creía que fueras a llamar.
—Oh, vamos. Sabías que iba a llamar.
—No —dijo ella—. Pensaba que tirarías mi carta y huirías a alguna parte con tu avión.
"Adivina de pensamientos", pensé. Me puse otra vez en esa imagen: huir a Montana. Mucha acción, nuevos paisajes, mujeres nuevas. Pero era aburrido de sólo pensarlo. Ya he hecho eso, pensé, ya sé cómo es y está todo en la superficie. No me hace cambiar, ni avanzar, ni me importa. Si algo tiene significado, es la acción. Volar lejos... ¿y qué
—No iba a huir sin decirte una palabra. No podía irme sabiendo que estabas enojada conmigo.
—No estoy enojada contigo.
—Hum —dije—. Lo bastante como para poner fin a la amistad más hermosa que he tenido.
—Escucha, Richard, de veras: no estoy enojada contigo. La otra noche estaba furiosa y asqueada. Después me puse triste y lloré. Pero al rato dejé de llorar y pensé mucho en ti. Finalmente comprendí que eres lo mejor que sabes ser. Que debes conformarte con eso mientras no cambies, y nadie va a hacerte cambiar, salvo tú mismo.
¿Cómo voy a enojarme contigo por hacer lo mejor que puedes?
Sentí una oleada de calor en la cara. ¡Qué pensamiento difícil y amante! ¡Que ella comprendiera, en semejante momento, que yo estaba haciendo lo mejor posible! ¿Qué otra persona en el mundo habría comprendido eso? El arrebato de respeto hacia ella activó la sospecha contra mí mismo.
—Bueno, ¿y si no estoy haciendo lo mejor que puedo?
—Entonces me enojo contigo.
Lo dijo casi riendo, y yo me aflojé un poco en el sofá. Si podía reír, no estábamos en el fin del mundo... todavía.
—¿Podríamos redactar un contrato, llegar a un acuerdo muy claro y estudiado de los cambios exactos que deseamos?
—No sé, Richard. Se diría que esto es un juego para ti, pero es demasiado importante para tomarlo de ese modo. Los juegos, y tu letanía de frases viejas, tus viejas defensas. Ya no las quiero. Si necesitas defenderte de mí, si tengo que vivir probándote una y otra vez que soy tu amiga, que te amo, que no voy a herirte ni a aniquilarte ni a matarte de aburrimiento, eso ya es demasiado. Creo que me conoces bastante bien y sabes lo que sientes por mí. Si tienes miedo, tienes miedo. Te he dejado en libertad y eso me hace sentir bien. ¡De veras! Dejémoslo así. Somos amigos, ¿de acuerdo?
Pensé en lo que ella decía. Yo estaba muy acostumbrado a tener razón, a imponer mi punto de vista en todos los debates. Pero en este caso, aunque tratara de hallar hebras rotas en su razonamiento, no podía. Sus argumentos se derrumbaban sólo si ella me estaba mintiendo, sólo si pretendía lastimarme, engañarme, aniquilarme. Y eso me era imposible de creer. Lo que ella pudiera hacerle a otros, comprendí, podía hacérmelo a mí en cualquier momento. Y nunca la había visto engañar ni desearle mal a nadie, ni siquiera a gente que había sido cruel con ella. Los había perdonado a todos, sin rencores.
Si yo me hubiera permitido el uso de esa palabra, en ese momento, le habría dicho que estaba enamorado de ella.
—Tú también estás haciendo lo posible, ¿verdad? —pregunté.
—Sí, en efecto.
— ¿No te parece extraño que seamos la excepción, tú y yo, cuando casi nadie puede lograr que la intimidad funcione? ¿Sin gritos y portazos, pérdidas de respeto, aburrimiento, sin dar al otro por asegurado?
— ¿No crees que eres una persona excepcional? —insinuó—. ¿No crees que yo también lo soy?
—Nunca conocí a nadie como nosotros —reconocí.
—Si me enojo contigo, no creo que tenga nada de malo gritar y dar portazos. Ni siquiera arrojar cosas, si llegamos a eso. Pero eso no significa que no te ame. Y eso no tiene ningún sentido para ti, ¿verdad?
—Ninguno. No existe problema que no podamos resolver con una discusión tranquila y razonable. Cuando estamos en desacuerdo, ¿qué tiene de malo decir: "Leslie, estoy en desacuerdo, he aquí mis motivos"? Entonces tú dices: "En efecto, Richard; tus motivos me han convencido de que tu sistema es mejor." Y allí acaba todo. Nada de vajillas rotas a recoger ni de puertas a reparar.
—Ojalá —dijo ella—. Los gritos vienen cuando me asusto, cuando creo que no me estás oyendo. Tal vez oyes mis palabras, pero no comprendes; entonces tengo miedo de que hagas algo que nos lastime a los dos, y pienso que lo vamos a lamentar, y veo el modo de evitarlo y, si no me estás escuchando, tengo que gritarlo para que me oigas.
—Me estás diciendo que, si te escucho, no tendrás que gritar.
—Si Probablemente no tenga que gritar —dijo ella—. Aunque lo haga, se me pasará en pocos minutos. Lo saco de mi organismo y me tranquilizo.
—Mientras tanto yo soy una pelota estremecida trepada a las cortinas.
—Si no quieres enojos, Richard, ¡no me hagas enojar!
Al crecer he llegado a ser una persona bastante serena y bien adaptada. No estoy preparada para estallar ante cualquier nimiedad. ¡Pero tú eres una de las personas más egoísta que yo haya conocido! Necesito mis enojos para evitar que me pases por encima, para que ambos sepamos cuándo basta ya.
—Te dije que era egoísta, hace mucho tiempo —observé—. Te prometí que siempre actuaría según mi mejor interés, y que esperaba lo mismo de ti...
— ¡No me vengas con tus definiciones, por favor! —dijo ella—. Si quieres llegar a ser feliz, lo conseguirás dejando de pensar en ti mismo, siempre que puedas. Mientras no hagas en tu vida sitio para alguien que te sea tan importante como tú mismo, vivirás solitario, perdido y buscando..
Conversamos por horas enteras, como si nuestro amor fuera un fugitivo aterrorizado, inclinado desde una cornisa de un décimo piso, listo para saltar en el momento en que abandonáramos el intento de salvarlo.
Sigue hablando, pensé. Si seguimos hablando, él no saltará de la cornisa, gritando, hacia la acera. Pero ninguno de los dos deseaba que el fugitivo viviera, a menos que resultara sano y fuerte. Cada comentario, cada idea compartida era como un viento contra la cornisa; a veces, nuestro futuro común se tambaleaba por sobre las calles. Otras veces, estremecido, se apretaba contra la pared.
¡Cuánto moriría con él, si caía! Las cálidas horas desprendidas del tiempo, en que tan importantes éramos el uno para la otra, cuando yo quedaba sin aliento por el placer de esa mujer. Todo eso habría terminado en la nada, en menos que nada, en una pérdida tremenda.
El secreto de hallar a alguien a quien podamos amar, me había dicho ,ella cierta vez, es hallar primero a alguien que nos guste. Habíamos sido los mejores amigos antes de ser amantes. Ella me gustaba; yo la admiraba, confiaba en ella, ¡confiaba en ella! Ahora todas esas cosas buenas se tambaleaban en precario equilibrio.
Si nuestro fugitivo resbalaba… No volvería a ver flores sin pensar en ella. No volvería a tener a nadie tan cercano a mí. Construiría más murallas, con picos arriba, y luego construiría más murallas detrás de ésas, con más picos...
¡No necesitas esas murallas, Richard! —gritó ella—. Si no volvemos a vernos, ¿no te das cuenta de que las murallas no te protegen? ¡Te aíslan!
Está tratando de ayudar, pensé. En los últimos minutos, mientras nos estamos separando, esta mujer quiere que aprenda. ¿Cómo podemos separarnos?
—Y Cerdito.. —dijo—. Cerdito no tiene... no tiene por qué morir... Todos los once de julio, prometo... que haré helado de... helado de chocolate con crema caliente... crema de chocolate y... me acordaré... de mi queridísimo Cerdi...
Se le quebró la voz. La oí apretar el teléfono contra un almohadón. Oh, Leslie, no, pensé, escuchando el sofocado silencio de las plumas. ¿Tiene que desaparecer, nuestra encantada ciudad de dos, un espejismo que aparece una vez en toda una vida, sólo para desaparecer en humo y niebla, en el mundo de todos los días? ¿Quién nos está matando?
Si algún extraño se metiera entre nosotros, tratando de separarnos, nos convertiríamos en zarpas para enviarlo al infierno, desgarrado. Y ahora hacemos el trabajo desde adentro. ¡El extraño soy yo!
¿Y si somos almas gemelas?, pensé, mientras ella sollozaba. ¿Y si cada uno de nosotros es quien el otro ha estado buscando toda su vida? Hemos tocado y hemos compartido esta breve muestra de lo que puede ser el amor en la tierra. Y ahora, por culpa de mis miedos, nos vamos a separar para no volvernos a ver. ¿Voy a pasarme el resto de la vida buscando a la que ya había encontrado y tuve miedo de amar?
¡Qué coincidencias imposibles!, pensé, las que nos llevaron a encontrarnos cuando ninguno de los dos estaba casado o comprometido, cuando ninguno de los dos estaba dedicando sus desvelos a otras causas, cuando ninguno de los dos estaba demasiado dedicado a actuar, escribir, viajar, vivir aventuras o ciegamente enredado. Nos encontramos en el mismo planeta, en la misma época, a la misma edad, criados en la misma cultura. Años antes no hubiera ocurrido nada; en realidad, nos conocimos años antes, pero cada uno salió del ascensor por su lado: el momento no era adecuado. Y nunca volverá a serlo.
Me paseé silenciosamente en un semicírculo, con el cable del teléfono como traílla. Si dentro de diez o veinte años decidía que había hecho mal en separarme de ella, ¿dónde estaría ella por entonces? ¿Y si volvía diez años después a decir: "Disculpa, Leslie", y descubría que era la señora Leslie Parrish de Fulano? ¿Y si no la encontraba? Su casa vacía, se ha mudado, no dejó dirección. ¿Y si había muerto, a consecuencia de algo que jamás la hubiera matado de no haber despegado yo al día siguiente?
—Perdón —dijo, otra vez al teléfono, las lágrimas enjugadas—. Soy una gansa. Ojalá tuviera tu dominio. Tú manejas los adioses muy bien, como si no tuvieran importancia.
—Todo consiste en decidir quién manda —expliqué, feliz por la posibilidad de cambiar de tema—. Si dejamos que nuestras emociones manden, los momentos cómo éste no son muy divertidos.
—No —reconoció ella, sorbiendo por la nariz—. No son muy divertidos.
—Si lo pre-vives, si finges que ya estamos en mañana o en el mes que viene, ¿cómo te sientes? —sugerí—. Cuando lo intento no me siento mejor sin ti. Imagino cómo es estar solo, sin nadie con quien hablar nueve horas por teléfono, sin pagar cien dólares por una llamada local. ¡Te voy a extrañar mucho!
—Yo también —dijo ella—. Richard, ¿cómo se hace para que alguien mire a la vuelta de una esquina cuando todavía no ha llegado a ella? La única vida que vale la pena vivir es la mágica, ¡y esto es magia! Daría cualquier cosa por hacerte ver lo que nos espera... —Hizo una pausa, buscando qué más decir. —Pero si para ti no está a la vista, supongo que no existe, ¿verdad? Aunque yo lo esté viendo, en realidad no existe.
Parecía cansada, resignada. Estaba por cortar.
Si fue porque yo estaba cansado o asustado o ambas cosas a un tiempo, jamás lo sabré. No hubo aviso previo: algo se rompió, algo se desprendió en mi cabeza, y no era agradable.
¡RICHARD!, gritó, ¿QUÉ ESTAS HACIENDO? ¿TE VOLVISTE LOCO? ¿HAS PERDIDO LA CABEZA? ¡Lo que se está tambaleando en la cornisa no es ninguna metáfora! ¡Eres tú ! Es tu futuro, y si cae serás un ZOMBIE, estarás viviendo muerto, marcando tarjeta hasta que te mates del todo. Hace nueve horas que juegas con ella por teléfono. ¿PARA QUE CREES QUE ESTAS EN ESTE PLANETA, PARA PILOTEAR AVIONES? ¡Pedazo de mal nacido arrogante, estás aquí para aprender qué es el amor! Ella es tu maestra, y dentro de veinticinco segundos va a cortar y no volverás a verla. ¡No te quedes ahí, idiota hijo de mala madre! ¡Tienes diez segundos antes de que se vaya! ¡Dos segundos! ¡HABLA!
—Leslie —dije—, tienes razón. El equivocado soy yo. Quiero cambiar. Lo probamos a mi modo y no funcionó. Probemos ahora a tu modo. Nada de Mujeres Perfectas, nada de murallas contra ti. Sólo tú y yo. Veamos qué pasa.
Hubo silencio en la línea.
—¿Estás seguro? —dijo—. ¿Estás seguro o lo dices por decir? Si lo dices por decir, todo será peor. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé. Estoy seguro. ¿Podemos conversarlo?
Otro silencio.
—Por supuesto, wookie. ¿Por qué no cortas y vienes a desayunar aquí?
—Bueno, dulce —dije—. Adiós.
Después de que ella cortó, dije al teléfono vacío: —Te amo, Leslie Parrish.
En la absoluta intimidad, sin que nadie escuchara, las palabras que tanto despreciara, las que nunca había usado, eran ciertas como la luz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario