
Niño, con alas y los ojos vendados como lo dibuja Shakespeare en “Sueños de una noche de verano” se hace presente en nuestra vida. Niño, porque elige de acuerdo a nuestros deseos infantiles y pide con exigencia que le sean satisfechos; con alas por la premura con que actúa y con los ojos cubiertos, porque en la elección yerra con frecuencia.
Es tanta la necesidad de amar, que ante la primera respuesta afectiva e inteligente, zozobra el pesimismo y disponemos nuestras mejores reservas para creer en la palabra que acaricia nuestros oídos. Sabemos que no sobreviviremos sin oxígeno, libertad y caricias. Sabemos que es imposible vivir sin amor y en lo que podría ser la plenitud de nuestra vida, ya se envejece. Entonces decimos sí, a la palabra y a la mano que nos toca, y primero tímidamente y después mas resueltos, devolvemos la palabra y la caricia.
Cuando el amor nos ha encontrado demasiado dañados, no podemos aún gozarlo en los primeros encuentros, no porque no podamos creer que nos haya tocado, sino porque una oscura e inconfesa protesta debe todavía diluirse: ¿Por qué no llegaste antes?
Inseguros, nos preguntamos si después de todo lo que nos pasó podremos volver a ser aquél que fuimos. Y una larga parte del camino servirá para respondernos que es verdad, que jamás volveremos a serlo. Y tendremos que comenzar a reconocernos en esto que somos y sacarnos las vendas de los ojos, los tapones de cera de los oídos y los guantes de las manos para descubrir en el otro lo que el otro es y no lo que le inventamos con los ojos del recuerdo. Intentar repetir lo que aconteció, crea la ilusión de poder evitar la proximidad de la muerte.
Por más que quiera amar como un niño, ya no soy niño. Por más que vende mis ojos, la verdad terminará por imponerse. Por más que le ponga alas a mi fantasía, la realidad me hara caer de un golpe.
Y tal vez el otro sea mejor, mucho mejor de lo que uno pueda imaginarse.
Hugo Finkelstein (Uno, Uno mismo y el otro)
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