
Cada vez estoy más convencida de que la identidad es algo que nos inventamos y nos hace sufrir, porque nos exige responder de acuerdo con ella.
En una relación, buscamos la intensidad del encuentro pero cuando llega nos asustamos, nos desestabilizamos. Y sin embargo es muy difícil no ansiarlo, porque intuimos que no hay nada mas saludable que un encuentro auténtico, sin máscaras, sin engaños, actualizado y sin expectativas. Pero también intuimos que el riesgo de sufrir tiene un precio muy alto.
Pienso que nos da tanto miedo entregarnos, fundirnos en el otro, que sólo podemos hacerlo parcialmente, en un intento de protegernos contra los dos grandes monstruos: el rechazo y el abandono… Es muy duro desear a alguien y que no esté.
Por eso, quizás, el trabajo consista en perder el miedo a la entrega tal cual somos, descubriéndonos todo el tiempo, a cada momento. Se me ocurre que es un camino largo y difícil, pero en última instancia es el camino de la vida.
Me parece increíble el miedo a la entrega. Cómo reaccionamos para no encontrarnos. Cómo armamos líos y creamos distancia. Cómo nos confundimos y confundimos a los demás. Y es que cuando deseamos y el otro está es muy hermoso. Pero cuando no es así, el dolor nos parece mas insoportable que cualquier otro sufrimiento. Por eso frenamos a veces la tentación de ser espontáneos, buscamos vidas seguras, encerradas en nuestra vieja personalidad calentita y estructurada.
Y no es que este mal, tampoco podemos vivir en carne viva.
Lo que pasa es que vivir encerrados en una identidad se vuelve, tarde o temprano, aburrido y angustiante.
Este es el desafío de una relación real… constantemente se esta creando y recreando de momento a momento, tal como nosotros que todo el tiempo somos otro, y el otro… el otro también es otro…
Se me ocurre que la propuesta es aceptar esto y ver que día se da el encuentro y que día no, aceptar estas idas y vueltas de la relación como algo que es así, sin esperar otra cosa. No exigirnos sentir siempre lo mismo y al otro tampoco. Admitir con gusto el movimiento de las emociones mías y del otro. Permitiéndose vivir lo misterioso de las relaciones.
(Reflexiones de Amarse con los ojos abiertos)
En una relación, buscamos la intensidad del encuentro pero cuando llega nos asustamos, nos desestabilizamos. Y sin embargo es muy difícil no ansiarlo, porque intuimos que no hay nada mas saludable que un encuentro auténtico, sin máscaras, sin engaños, actualizado y sin expectativas. Pero también intuimos que el riesgo de sufrir tiene un precio muy alto.
Pienso que nos da tanto miedo entregarnos, fundirnos en el otro, que sólo podemos hacerlo parcialmente, en un intento de protegernos contra los dos grandes monstruos: el rechazo y el abandono… Es muy duro desear a alguien y que no esté.
Por eso, quizás, el trabajo consista en perder el miedo a la entrega tal cual somos, descubriéndonos todo el tiempo, a cada momento. Se me ocurre que es un camino largo y difícil, pero en última instancia es el camino de la vida.
Me parece increíble el miedo a la entrega. Cómo reaccionamos para no encontrarnos. Cómo armamos líos y creamos distancia. Cómo nos confundimos y confundimos a los demás. Y es que cuando deseamos y el otro está es muy hermoso. Pero cuando no es así, el dolor nos parece mas insoportable que cualquier otro sufrimiento. Por eso frenamos a veces la tentación de ser espontáneos, buscamos vidas seguras, encerradas en nuestra vieja personalidad calentita y estructurada.
Y no es que este mal, tampoco podemos vivir en carne viva.
Lo que pasa es que vivir encerrados en una identidad se vuelve, tarde o temprano, aburrido y angustiante.
Este es el desafío de una relación real… constantemente se esta creando y recreando de momento a momento, tal como nosotros que todo el tiempo somos otro, y el otro… el otro también es otro…
Se me ocurre que la propuesta es aceptar esto y ver que día se da el encuentro y que día no, aceptar estas idas y vueltas de la relación como algo que es así, sin esperar otra cosa. No exigirnos sentir siempre lo mismo y al otro tampoco. Admitir con gusto el movimiento de las emociones mías y del otro. Permitiéndose vivir lo misterioso de las relaciones.
(Reflexiones de Amarse con los ojos abiertos)
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