
Buenos Aires. Córdoba y Esmeralda. Sábado, once de la noche. En un restaurante con decenas de mesas vacías, una chiquita de no más de cinco años, con la ropa raída, y el pelo sucio y desordenado se acerca con la mirada perdida y un ramito de flores en la mano a los pocos comensales que a esas horas parecen figuras salidas de un cuadro de Edward Hopper. Se acerca sin decir nada, ni mirar de frente ni hacer gesto alguno. Solamente espera unas monedas y después se va hacia la puerta. Hacia la noche.
En estos días de balance, de pasar en limpio la vida en borrador que practicamos, qué difícil es resistir la condena de esos ojos tristes. Nos recuerdan brutalmente que más allá de toda disquisición teórica, la niñez en la extrema pobreza es una lacerante e inadmisible asignatura pendiente que ninguno de nosotros puede darse el lujo de olvidar. Si somos capaces de decodificar el genoma, de construir naves que viajan al espacio, de tratar el cáncer y el sida, y de demostrar teoremas de complejidad inimaginable, una mínima decencia indica que éste es el problema en busca de solución.
Si no la encontramos, no importa lo elevadas que sean nuestras metas personales ni nuestros logros colectivos, esa mancha perdurará para recordarnos que estamos en falta.
Un libro de éxito en los Estados Unidos ( Predictably Irrational, escrito por un economista delInstituto Tecnológico de Massachussetts) argumenta que bajo la apariencia de racionalidad, los seres humanos solemos tomar decisiones en forma totalmente irracional influidos por nuestras expectativas.
Si pensamos que algo será desagradable, casi seguro que nos resultará desagradable... aunque sea fenomenal. Por ejemplo, si suponemos que una bebida tendrá feo sabor, efectivamente nos resultará intragable. Al parecer, nuestras expectativas pueden moldear nuestra percepción.
Tenemos un cerebro racional, pero no siempre lo dejamos tomar las riendas, dice Dan Ariely, y lo somete a prueba en experimentos con sus estudiantes. No somos frías calculadoras que algunas veces enloquecen, sino seres un poco locos que, en algunas circunstancias, a veces nos comportamos racionalmente.
Si está en lo cierto (y es verdad que algunos de las más brillantes hazañas de la historia parecen... locuras), he aquí una tarea para el año próximo que puede dar frutos valiosos: ¡tengamos grandes expectativas!
A lo mejor, ésa es la clave para impulsarnos por sobre el presente imperfecto para alcanzar un mañana, si no ideal, al menos más humano para esos chicos que, a no dudarlo, también son parte de nuestro futuro.
Diario La Nacion
Ciencia y salud
Por Nora Bär
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