martes, 27 de septiembre de 2011

El Negro de Pernambuco


Hace ya muchos años, decidimos con quien fué mi socio abrir una sucursal de la empresa que teníamos en Sao Paulo. Recien se iniciaba la industria exportadora de carne en Brasil y alli me fuí con dos capataces, uno argentino y otro francés, tan jóvenes como yo que tenia por entonces 24 años. Habíamos armado una cámara frigorifica portátil en un barrio industrial de Sao Paulo, llamado Vila Maria. Un gran galpón con oficinas arriba y la cámara abajo, y desde alli, preparabamos los embarques que irían al puerto de Santos, para cargar en buques hacia Europa.
Este operativo, implicaba en época en que recalaba algún buque al puerto, que primero depositaramos las cajas con la mercadería traida de los frigorificos en la cámara, para luego cargarla en un camión refrigerado o en un container que se enviaba al puerto para su exportación.
Muchas noches junto con mis compañeros, turnamos nuestras horas de sueño durmiendo en la oficina, para llegar a tiempo con la carga. Para ello, era necesario contratar operarios de carga y descarga, y mas de una vez, sin conocer el idioma me vi parada en la madrugada sosteniendo un cartelito donde ofrecia la paga por hora (en cruzeiros por aquel entonces) en una esquina de ese barrio obrero, tratando de contratar cargadores. No era fácil, mi condición de mujer y la falta del manejo del idioma, hablaba un horrible portuñol, complicaban aun mas las cosas, pero en aquellos años jóvenes cierta inconsciencia acompañaba las ganas de progresar y pocas cosas había que detuvieran mi necesidad de alcanzar los objetivos.
Una noche de ésas, mientras romaneaba una carga y estando mis capataces descansando arriba en las oficinas, un cargador se declaro en rebeldía. Ellos debian pasar frente a mi cargando la caja al hombro con la etiqueta mirando hacia el lado donde yo estaba anotando. Este muchacho, enojado porque me habia pedido ademas del sandwich y en vez de la gaseosa que les daba, una cervecinha... yo, como era costumbre se la habia negado... gaseosa... solo gaseosa... no podia tener 15 cargadores tomando cerveza en los descansos... Pero como digo, se rebeló y ab usando de mi condición femenina comenzó a pasar con la caja invertida, provocándome abiertamente y obligandome a cruzar la linea de cargadores, cada vez, para ver y anotar lo que llevaba al camión. Palabras van, palabras vienen, de pronto comprendi que la situación se ponía peligrosa y no podía cortar el romaneo para ir a hablar con mis capataces y que bajaran a ayudarme.
En medio de esa situación, hice de tripas corazón y apelando a todos los cursos de liderazco hechos hasta el momento, puse mi mejor voz de autoridad y saqué al joven de la fila, que se venia amenazante hacia mi. En un instante veo como otro cargador, un moreno inmenso de casi dos metros, con su rostro lleno de cicatrices rojas que resaltaban en el oscuro profundo de su piel, suelta su caja y se adelanta... Ay, mamita!, me dije, -Olivia, empeza a correr!... jajaja.
A este moreno, lo llamamos el Negro de Pernambuco, ya que supimos que de esa localidad procedia... El no hablaba bien, sino en un dialecto muy cerrado y con problemas de dicción... es mas, casi nunca hablaba, por lo que nunca supimos su verdadero nombre...
La historia es que este moreno se inclino amenazador hacia el cargador que estaba molestándome y algo le murmuró... nunca supimos que le dijo, pero el rebelde volvio a la fila comportándose correctamente de ahi en más...
Mientras, el Negro de Pernambuco se paró a mi lado con los brazos cruzados y solo alcance a escuchar algo asi como "vai moza" (creo que significaba, algo como "siga moza", asi le llaman a las dueñas de las fazendas en Brasil).
Asi fué que éste, mi angel guardián, quedo como elenco estable en el deposito, alli dormia y vivia... me ayudaba en todo lo que podía.
Jamás pude sostener una conversación con él, nuestra comunicación sin embargo, era riquisima... yo le llevaba ropa y ricas comidas y le sonreía con afecto... él corria a abrir la puerta del coche cuando yo llegaba y ayudarme con los paquetes... Me cuidaba de los cargadores en tiempos de embarque... si yo debia ir a contratar peones, el me seguia dos o tres pasos detrás, mudo, inmenso, con un rostro que daba terror de solo mirarlo... El nunca sonrió, pocas cosas dijo, casi inentendibles. Solo era fiel y protector.
Durante 3 años fué mi sombra, durante 3 años aprendi a quererlo... sentia una inmensa ternura por aquel hombre que se habia erigido en mi guardián y que me seguia, actuando conmigo con la mansedumbre de un perrito faldero.
Yo siempre fuí una mujer risueña, de sonrisa pronta y carcajada como castañuela (segun decia mi abuelo), y él me miraba reir y se quedaba quietito, siguiéndome con los ojos, viendome ir y venir inquieta, pero nunca me perdia de vista.
Quizá el verme tan vivaz y pícara, en el fondo lo divertía, no lo sé... solia yo llevar comidas sofisticadas de Brasil, ya que siempre me gusto probar de todo y recuerdo sentarme al lado del Negro de Pernambuco y reirme con picardia mientras lo inducia a comer lo mismo que yo... nunca me demostró si algo no le gusto, aunque intuyo que tenia el paladar acostumbrado a comer lo que fuera, supongo que el hambre nunca le habria permitido hacerle asco a nada. Lo que seguro le encantaba era el Pao de Queijo, porque se comia las bolsas llenas de pan calentito que solia llevarle.
Mis capataces, amigos de hacerle bromas a todo el mundo, nunca se animaron a bromear con él... jajaja... metia miedo el Negro... me decian, irreverentes como son los jóvenes: Oli, solo vos dominás al monstruo con tu sonrisa.
Siempre me pregunte que habia representado yo para ese hombre, casi un hermitaño, de historia desconocida, pero seguramente con un pasado terrible como suele suceder en esas zonas del Norte del Brasil, de mirada dura y gesto torpe, que acompañaba una fuerza increible... quiza el recuerdo de una hermana, de una madre, de alguna mujer que el sentia debía proteger, el recuerdo de una niña de alguna fazenda donde se crio... seguramente me vio pequeña y la blancura de mi piel le dió idea de fragilidad... no sé.
Sólo sé que al irme, cuando le comente que no volveria a Brasil se quedo mirándome con sus ojos oscuros, como desorientado... le di muchos regalos y dinero y me anime a acariciar su rostro rugoso de tanta cicatriz, por primera y ultima vez... y alli lo deje, con su figura gigantesca y su pena, con su mirada que por primera vez me dejo adivinar una emocion y su cabeza gacha...
Treinta años después, al Negro de Pernambuco lo encuentro en mi memoria como una de esas experiencias casi surrealistas que algunas veces nos suceden en la vida...
Sin embargo, debo decir que sigue regalándome su ternura como si no hubiera pasado el tiempo... y sigue recordándome desde aquella postal de mi pasado, que no hay raza, nivel cultural, diferencias sociales, ni lenguaje que se interpongan cuando dos almas se comunican desde el cariño y el respeto mutuos.

Dios te bendiga, Negro de Pernambuco, estés donde estés, mi corazón sigue acariciando tus cicatrices con ternura y agradecimiento!



OBB

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SAGRADA FAMILIA